12 abr 2009

Stephanie Meyer en portada de revista QueeLer



Esta norteamericana de 35 años ha abandonado las labores domésticas de una casa de Phoenix para convertirse en la nueva reina de una industria, la editorial, que durante años temió quedarse huérfana de fenómenos adolescentes el día en que la serie de Harry Potter llegara a su fin. Pues bien, el momento ha llegado, pero podemos respirar tranquilos: a los vampiros de la saga del Crepúsculo Meyer añade ahora los alienígenas de “The Host” (Suma).

El nuevo Harry Potter, el nuevo Harry Potter… ¿Les suena? Durante años fue un latiguillo recurrente en la industria editorial, como si el solo hecho de coserle la etiqueta fuera a impulsar a la novedad de turno hasta unos niveles de ventas y popularidad que otras voces del mundillo, con los pies más en el suelo, intuían irrepetibles. Fue así que, temporada tras temporada, especialmente en aquellas en las que J.K. Rowling alumbraba una de sus aventuras, “el nuevo Harry Potter” volvía a ser el viejo Harry Potter de siempre. Hasta que… En fin, todos han oído hablar del cántaro y la fuente, ¿verdad? –aunque para el caso tendríamos que hablar del editor y la lotería.
Llegados a este punto, toca anunciar una de cal y advertir de la posibilidad de otra de arena. Las buenas noticias son que, con veintiocho millones de copias vendidas a lo largo de 2008 únicamente en Estados Unidos, Stephenie Meyer se ha adueñado de la corona de Rowling con todas las de la ley; a día de hoy la luce orgullosa mientras no pocos autores se pelean por las migajas de la ficción para adolescentes. Las malas son que, a diferencia del joven mago de Hogwarts, cuyas peripecias se prolongaron a lo largo y ancho de siete volúmenes y una década, la voracidad de Meyer la ha llevado a culminar su saga del Crepúsculo en la mitad de tiempo. Y el pescado está prácticamente vendido en espera de ver cómo responden los fans a The Host, la primera parte de una nueva trilogía alienígena. Con ella, eso sí, Meyer podría alcanzar un hito inédito para su pelirroja antecesora: triunfar con una serie diferente a la que le dio la fama. A continuación, sea como fuere, el estado de la cuestión del universo Meyer.

Amanecer
El más importante para nuestra historia, quizá, el del 2 de junio de 2003, que sorprendió a un ama de casa de 29 años escribiendo compulsivamente en la mesa de su cocina. Casada desde los 21, residente en Phoenix y con los disfraces de Halloween que elaboraba para sus tres hijos como único bagaje creativo, Stephenie Meyer se había despertado en medio de la noche, sobresaltada por un sueño en el que un seductor vampiro le confesaba a una muchacha adolescente que no sabía si buscar su amor o su yugular. Tres meses más tarde, Meyer ponía punto final a Crepúsculo, el primero de los cuatro tomos que iba a necesitar para responder al dilema del chupasangre.
Envió el manuscrito a varios agentes con la esperanza de conseguir un avance de 10.000 dólares que le permitiera pagarse una furgoneta. Y debió de elegir bien, pues al rato tenía un contrato por tres libros y un cheque por valor de 75 furgonetas. Ello le permitió seguir abstrayéndose de la vida doméstica con la redacción del tira y afloja romántico entre Bella Swan y Edward Cullen.
Ella es una Julieta patosa que llega a la población de Forks, en el estado de Washington, junto a un padre del que cuida como si fuera un hijo. Y él es un Romeo con colmillos; un vampiro estancado en los diecisiete años desde 1918 que, a todo ello, ha renunciado junto a su familia a los placeres de la sangre. Lo cual no implica que haya dejado de sentir su llamada. Añadan a un hombre-lobo llamado Jacob Black como tercero en discordia y obtendrán el triángulo amoroso más afilado y peludo, aunque casto, de la historia.

Mediodía
De sol a sol escribía Meyer mientras hordas de adolescentes comenzaban a acudir a su llamada. A fin de cuentas, no hay mejor edad que la del acné para comprender e interiorizar la tensión sexual y los desajustes a los que por lo general aboca. En Luna nueva, Edward reniega de Bella para no acabar masticando su carne pero ella, despechada, pasa a interesarse por el bueno de Jacob. En esas la muchacha sufre un accidente y, creyéndola muerta, Edward viaja a Italia para ver si algún vampiro de la estirpe Volturi tiene a bien acabar con su vida. No lo consigue, claro, y el regreso a Estados Unidos alumbrará nuevas dudas: si bien Bella le perdona, el apolíneo no-muerto es ahora consciente de que, en cuanto humana que conoce la existencia de los de su especie, debe ser eliminada o transformarse en uno de ellos y vivir para siempre.
Hasta aquí hemos logrado no mentar la filiación religiosa de la escritora. Si lo hacemos a continuación es menos por mor del apunte pintoresco que por resultar vital para comprender nuestra historia. Y es que buena parte del frenesí desatado por la saga responde, probablemente, a la perfección tanto física como moral de Edward, el vampiro que cualquier mormón desearía como yerno, capaz de sobreponerse al más bajo de sus instintos por respeto a una amada cuya carótida late sabrosa a escasos centímetros de los labios que una y otra vez besa. Edward es el héroe de la abstinencia; sufre por ella pero elige siempre el camino más honorable. Y la mitad de las lectoras del mundo suspiran a su lado.
Imaginen, pues, el huracán que se habría desatado en caso de que todas hubieran alcanzado juntas al capítulo de Eclipse en que por fin Edward propone matrimonio a Bella. Lo hace, de paso, en un momento no precisamente calmo, cuando los Cullen y los Black unen fuerzas para enfrentarse a un grupo de vampiros asesinos que está aterrorizando a la población de Seattle. Durante la batalla, prometida o no, Bella debe decidir una vez más entre Edward y Jacob. Y el resultado de tal elección llevó a que Amanecer, el cuarto título de la saga, se fuera hasta el 1.300.000 copias vendidas a las veinticuatro horas de ver la luz en el país de las barras y estrellas.

Anochecer [Si no has leido el último libro, esta cita contiene spoilers]
Pero había sido un poco antes, en los días de Eclipse quizá, cuando Meyer comenzó a experimentar los aspectos menos amables del éxito. Particularmente los de un éxito tan masivo e histérico como el suyo. El fan es una criatura insaciable, rara vez tiene suficiente; además, se ve reflejado hasta tal punto en el objeto de su adoración que difícilmente perdonará la menor intrusión en la imagen emotiva que de él se ha creado. Ríanse de las llamadas que de tanto en tanto suenan en el móvil de Meyer; de las cartas que llegan a su domicilio por más que éste no aparezca citado en ninguna guía. Little, Brown, el sello estadounidense de la escritora, tuvo que retirar una campaña publicitaria que distinguía entre fans duros (“Twihards”) y meros seguidores (“Twilighters”) para evitar que unos y otros concretaran en la vida real las amenazas que habían comenzado a cruzarse en el mundo virtual. Y al actor Robert Pattinson hay quien nunca le perdonará que se haya puesto en la fría piel de Edward durante la traslación de Crepúsculo a la gran pantalla. La presión alcanzó un nivel tal que Meyer redactó una parodia privada, Breaking Dawn (esto es, “Venirse abajo”, en juego de palabras fonético con el título original de Amanecer, Breaking Dawn), para enumerar varios posibles argumentos que sin duda provocarían estallidos de rabia entre sus seguidores.
Finalmente, Amanecer se abre con la boda entre Bella y Edward, a la que sigue la preceptiva luna de miel en una isla brasileña. Durante la misma, su unión se ve por fin consumada. Pero Bella queda embarazada; tanto que, apenas un mes más tarde, en posible paralelismo a lo que la redacción del libro representó para su autora, protagoniza un parto que sólo cabe calificar de atroz. Viendo a su esposa al borde de la muerte, los huesos astillándose y la hemoglobina brotando en surtidor, a Edward no le queda otra opción que morderla para contagiarle la vida eterna. Y Bella “amanece” al vampirismo como madre de la hermosa Renesmee. Claro que la dicha no será completa, pues la existencia de la niña despertará viejos miedos entre los hombres-lobo.
Amanecer debería haber cerrado la saga, pero Meyer se dejó seducir por Midnight Sun, una nueva narración de los acontecimientos desde el punto de vista de Edward. La filtración cibernética de un primer borrador, no obstante, llevó a la escritora a firmar en su página web una durísima carta en la que daba el libro por enterrado y manifestaba su desilusión con el mundo de la literatura. Como veremos, la segunda parte de tan amarga reacción iba a durarle poco.

Amanecer (2)
Cierta mañana (para ésta no tenemos fecha), Meyer decidió contarse un cuento a fin de pasar el rato mientras conducía por el desierto entre Phoenix y Salt Lake City. Así nació The Host, la historia de una Tierra donde la erradicación del crimen y el hambre ha tenido un precio bastante elevado: la desaparición de la raza humana, ya que sus cuerpos han sido poseídos por una civilización alienígena conocida como “las almas”. Porque ni siquiera los extraterrestres son ajenos al error, la terráquea Melanie permanece consciente en el interior de un cerebro que debe compartir con la visitante Wanda. Y, por si la convivencia no les resultara ya lo suficientemente complicada, ambas se enamorarán de Jared, antiguo novio de la primera y, hoy día, miembro de la resistencia contra los invasores.
Supuestamente adulta pero tejida en realidad con los mismos mimbres que la saga del Crepúsculo, The Host motivó una puja editorial de la que Little, Brown volvió a salir triunfadora. Y, por lo que dice la autora, no fue sólo gracias a la cuantía del cheque que pusieron sobre la mesa: “Seguí con ellos por lealtad, porque fueron los primeros que confiaron en mí. Pero, por encima de todo, me satisfizo la dirección que querían tomar con la novela”. Una dirección que consistió en camuflar el tono juvenil de la obra y, de paso, no limitar sus posibilidades comerciales editándola en el sello de ciencia ficción de la casa.
Si bien no ha roto moldes, la apuesta ha funcionado. A la fría estadística norteamericana nos remitimos: Amanecer, que vio la luz en agosto, fue el título más vendido del año (Crepúsculo, Luna nueva y Eclipse ocuparon, respectivamente, las posiciones segunda, quinta y sexta del top 100 de best sellers), mientras que The Host, aparecida en mayo, se aupó al puesto catorce, por encima de Rhonda Byrne y su infalible secreto, de la autobiografía de Barack Obama y del mismísimo Ken Follett. Meyer, en cualquier caso, lleva meses con una secuela lista (su título será The Soul) y no les extrañe que, en el momento de leer estas líneas, esté poniendo ya el “the end” a la tercera parte (The Seeker). Por no hablar de su siguiente proyecto, la novela de fantasmas Summer House. Ni de las otras tres sagas que habrá perfilado anoche mientras lavaba los platos de la cena.
No hace mucho, Stephen King comparó las carreras de J.K. Rowling y Stephenie Meyer. La una sabe escribir y la otra no vale un pimiento, dijo. Pero, por una vez, el Rey del Terror tiene a los lectores en su contra. El estilo de Meyer puede ser compulsivo y descuidado, pero atrapa. Atrapa tanto que la industria, hipnotizada, no se ha lanzado aún a buscar a “la nueva Stephenie Meyer”. Larga vida, pues, a la Reina.

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